En el Congreso Maizar 2026, el panel «Agroindustria en clave geopolítica» reunió a Marcelo Regúnaga, Coordinador General del Grupo de Países Productores del Sur (GPS) y ex Secretario de Agricultura y Juan Battaleme, ex Secretario de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa para debatir cómo el nuevo orden mundial redefine los desafíos y oportunidades del sector.

Battaleme abrió el debate con una advertencia conceptual: hablar de «transición» puede ser engañoso, porque hoy esa transición no lleva a ningún destino claro. En ese contexto de desorden creciente, lo que prima ya no es la competencia por precios sino la búsqueda de proveedores confiables y la disputa por el control de los flujos comerciales globales. China avanza hacia la autosuficiencia alimentaria por desconfianza en sus cadenas de abastecimiento; Rusia usa su producción agrícola para comprar influencia política en África; y la Conferencia de Seguridad de Múnich incorporó por primera vez un capítulo dedicado a la seguridad alimentaria, donde Argentina aparece como socio de interés para el mundo transatlántico.
En ese mapa, el país reúne condiciones excepcionales: zona de paz, acceso bioceánico, alta dotación de recursos naturales y capacidad productiva en alimentos, minerales y energías. «La ubicación geográfica en este momento da una oportunidad única, casi como en la Primera y Segunda Guerra Mundial», afirmó Battaleme.
Regúnaga coincidió en el diagnóstico y aportó la dimensión económica. El Mercosur en su conjunto —y Argentina en particular— es una potencia alimentaria en una región de paz, con acceso a dos océanos y producciones con demanda global emergente. Sin embargo, advirtió que esas fortalezas no se traducen automáticamente en poder ni en riqueza: «El tema es construir la narrativa y posicionarnos para expandir nuestra capacidad y agregar valor a todo lo que producimos hoy.»

Esa narrativa, subrayó, debería ser la base de un gran proyecto de desarrollo nacional centrado en la agroindustria. No como sector extractivo, sino como instrumento de política exterior y palanca de crecimiento.
Uno de los ejes más concretos del debate fue la brecha de valor entre las exportaciones argentinas y las de sus competidores. Regúnaga fue directo: el precio promedio de exportación de Argentina representa menos de la mitad del de Australia y Malasia, y un 30% menos que el de Brasil. «Australia juega en primera en estándares internacionales. Nosotros todavía no», señaló.
La receta para cerrar esa brecha implica avanzar en tres frentes simultáneos: negociaciones comerciales activas y promoción internacional; agregado de valor en calidad, biocombustibles, carnes y bioproductos; y diferenciación mediante trazabilidad y certificaciones. Con esas políticas, proyectó que las exportaciones agroindustriales podrían escalar de los 80.000 millones de dólares proyectados para la próxima década a entre 100.000 y 120.000 millones hacia 2035. «Si lográramos la mitad de lo que hace Australia, estaríamos hablando de 120.000 millones de dólares de exportación», calculó.
Battaleme reforzó ese punto desde la geopolítica: en tiempos de desorden, ser un proveedor confiable tiene un valor adicional que Argentina todavía no está capitalizando. «Tenemos el producto, pero no estamos comunicando que en esta turbulencia somos confiables y estamos en condiciones de entregar lo que el mundo necesita.»
Para que esa oportunidad se materialice, Regúnaga planteó una agenda en dos frentes. Por el lado de la oferta: mejorar el contexto macroeconómico, reducir la presión fiscal y elevar los estándares sanitarios, de calidad y ambientales. Por el lado de la demanda: Argentina invierte cinco o seis veces menos que Australia en promoción de exportaciones. «Nos sobredimensionamos en la política de vivir con lo nuestro y estamos subdimensionados en la estrategia de inserción internacional», resumió.

El panel, moderado por Nelson Illescas, director de Contenidos y Comunicación del GPS, cerró con un mensaje unificado y algunas coordenadas claras. La geopolítica es el marco dentro del cual Argentina compite y. en ese marco, la seguridad, la energía y la tecnología están rediseñando las prioridades comerciales globales. La fragmentación del orden internacional abre nichos y oportunidades para proveedores confiables y con atributos certificables —exactamente el perfil que Argentina puede construir.
Eso implica migrar de la competencia por precio y volumen hacia marcas de origen, sostenibilidad y trazabilidad, y reconocer que la bioeconomía es una palanca estratégica: el maíz no es solo un grano, es bioenergía y biomateriales. Nada de eso será posible sin estabilidad fiscal, institucional y regulatoria. El potencial está. La hoja de ruta, también. Lo que resta es la decisión de actuar.
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