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La Región

ima_regionUna región privilegiada

Latinoamérica posee una muy importante cantidad de tierra cultivable que podría incorporarse a la agricultura, y la más alta disponibilidad de agua dulce por persona. La producción agrícola per cápita en la región creció un 80% más que el promedio mundial durante la primera década de este siglo. Un 350% más que Estados Unidos y Canadá juntos, y mucho más que los países europeos y otros jugadores de peso como Australia y Nueva Zelanda.

Una expresión de este potencial productivo es que en el último decenio Latinoamérica se convirtió en el primer exportador comercial neto de alimentos a nivel mundial. Y esto no sólo se debe a sus recursos naturales sino también a su capacidad de producción, de gerenciamiento y de adopción de tecnología.

Para alcanzar ese protagonismo, es necesario que los países involucrados seamos percibidos como un polo de producción regional que posee grandes fortalezas.

La actividad agroindustrial en la región sur generará riquezas para todas las cadenas involucradas y para la sociedad en su conjunto.

Pero el protagonismo de los cuatro países involucrados no es sólo cuantitativo, sino también cualitativo, especialmente en lo vinculado con la preservación de los recursos naturales. Los sistemas de producción de cereales y oleaginosas son, en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, más amigables con el ambiente que los utilizados en la mayoría de los países desarrollados.

La región lidera la implementación masiva de prácticas conservacionistas como la siembra directa, asociada con la rotación y sanidad de los cultivos; la agricultura de precisión y el uso de semillas mejoradas, resistentes a los herbicidas, a los insectos y a las enfermedades (con la consiguiente reducción del uso de agroquímicos por hectárea).

La necesidad de alternativas a los combustibles fósiles (altamente contaminantes y no renovables) coloca a la región en un lugar privilegiado. La producción de biocombustibles ha recibido una prioridad cada vez más importante en la Argentina, Brasil y Paraguay en función de su contribución al desarrollo económico, al suministro de energía y a la mejora del medioambiente. Este desarrollo hace más sustentable a la economía del sector agrícola, ya que genera mercados alternativos para los cultivos, reduciendo los riesgos asociados con la excesiva concentración de la producción y exportación de granos. Además, permite diversificar la matriz de suministro de energía mediante la producción de biocombustibles.

Cuando hablamos de agro, hay que pensar en energía solar transformada por procesos biológicos y tecnologías al servicio de la vida. Es necesario redefinir la visión de los commodities como productos sin valor agregado. La biotecnología, los recursos naturales implicados, el conocimiento y las tecnologías y métodos de gerenciamiento de la producción son un valor agregado que desde los años 60 hasta hoy permitió, en el caso de muchos cultivos, triplicar los rendimientos por hectárea.

Hay que destacar que la seguridad alimentaria no se incrementa sólo incorporando más tierras a la producción, sino también incrementando los rindes de las áreas productivas existentes. Ese es un valor agregado que nuestra región viene aportando al mundo.

Y por supuesto, hablamos de vender al mundo alimentos industrializados, así como también derivados de la producción con biotecnología con mentalidad bioeconómica. Hablamos de plantas resistentes a insectos, pesticidas y estrés climático. Y plantas que operan como fábricas de la llamada “biotecnología blanca.”

Pese a todo lo mencionado, la región deberá afrontar varios desafíos para expresar todo su potencial. Algunas de las situaciones a superar son:

  • Mayor inversión en investigación y desarrollo. La inversión en investigación agropecuaria ha sido limitada en las últimas décadas y el uso responsable de los recursos naturales hace urgente revertir esta situación. Además, ciertas regulaciones carentes de sustento científico han limitado la investigación o aumentado los costos de algunas tecnologías, como los organismos genéticamente modificados (OGM). La productividad es la primera víctima de esta situación.
  • Mayores inversiones en infraestructura. Existe una infraestructura insuficiente en materia de acondicionamiento, transporte y almacenamiento, que afecta principalmente a los países en vías de desarrollo y genera pérdidas cuantiosas a los productores y costos excesivos, que producen fallas de competitividad en los mercados.
  • Revisión de regulaciones comerciales. Diferentes clases de regulaciones y trabas comerciales limitan al comercio. Nuevas barreras no arancelarias (normas ambientales, laborales y otras normas privadas) podrían crear costos adicionales en la producción y la comercialización que redunden en mayores precios para los consumidores y menores incentivos para los productores.
  • Nuevo paradigma. Pensar en la agricultura con criterios de bioeconomía. Es decir, no sólo producir alimentos, sino también transformarlos en bienes para la salud, energía, polímeros y otros productos químicos.

Los desafíos son más que considerables. Pero también lo es la oportunidad histórica que se presenta. En el GPS se integran instituciones en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay que ya decidieron trabajar en conjunto, y que buscan difundir este mensaje y ampliar su base de participación con visión de futuro.